El cuadro icónico de Burberry
Pocas marcas han construido un símbolo tan reconocible como el cuadro de Burberry. Su origen se remonta a la década de 1920, cuando la empresa comenzó a utilizar un patrón de tartán beige, rojo, negro y blanco en el forro de sus gabardinas.
Con el paso de las décadas, Burberry entendió que aquel motivo era más que un estampado y lo registró en múltiples jurisdicciones, ampliando su protección a distintas categorías de producto y consolidando un marco legal importante. Esa estrategia permitió que el tartán pasara de ser un recurso gráfico a convertirse en una marca figurativa con un nivel de protección alto.
Esa protección no se limita al cuadro completo. Burberry, muy activo en la defensa de sus derechos, también ha perseguido reproducciones parciales de su cuadro.
En un mercado donde los estampados se reinventan constantemente, la trayectoria de Burberry es un recordatorio de cómo un diseño puede convertirse en un símbolo y cómo símbolo, si no se protege y se persiguen sus usos por parte de terceros, corre el riesgo de diluirse. También evidencia hasta qué punto las marcas cotidianamente gestionan no solo copias directas, sino interpretaciones que se mueven en zonas grises.
El caso Burberry sigue siendo una referencia de cómo un motivo sencillo puede convertirse en un activo estratégico si se acompaña de una protección rigurosa y de una defensa constante.
En nuestro caso es clave mantenerse al día de todos esos elementos, registrados o no, que ya identifican a otras marcas. Esa actualización constante nos permite señalar cuándo un diseño se acerca demasiado y evitar que una colección incorpore, sin querer, códigos que no le pertenecen.
Fotografía: Bibi Cornejo Borthwick, Vogue, Febrero 2020