El dilema de Victoria's Secret
Durante más de dos décadas, el desfile de Victoria’s Secret fue uno de los mayores espectáculos de moda del mundo. El evento combinaba moda, entretenimiento y cultura pop en una fórmula que consiguió una enorme visibilidad global y que definió durante años la identidad de la marca.
Sin embargo, en 2019 la compañía decidió cancelar el desfile tras varios años de críticas crecientes. Las principales objeciones se centraban en la falta de diversidad en los cuerpos representados, así como en determinadas declaraciones realizadas por miembros de su equipo directivo que fueron percibidas como excluyentes.
La marca se encontraba entonces ante un reto complejo, el de replantear su narrativa en un contexto cultural que había cambiado significativamente respecto al momento en que el desfile alcanzó su máxima popularidad.
Tiempo después, Victoria’s Secret intentó regresar con una nueva propuesta que pretendía reflejar valores más alineados con las conversaciones actuales sobre representación y diversidad. Sin embargo, para una parte del público el resultado fue percibido como algo artificial, más cercano a un intento de limpiar su imagen que a una transformación profunda del posicionamiento de la marca.
En su última reaparición, la estrategia parece haber tomado un camino intermedio, una combinación entre algunos elementos del espectáculo original y ciertos gestos hacia esa nueva narrativa.
Lo más interesante quizá no sea tanto el formato elegido, sino la reacción del público.
Tras el desfile, muchos comentarios en redes sociales pedían directamente “que volviera lo de antes”, reivindicando el ideal estético que durante años caracterizó a la marca y criticando los nuevos valores que intenta incorporar.
A primera vista, esta reacción podría interpretarse como un rechazo a los cambios culturales que han ido transformando la industria de la moda en los últimos años. Sin embargo, la cuestión quizá sea algo más compleja.
La paradoja podría no estar tanto en el público como en la propia marca.
Cuando un cambio estratégico nace principalmente de la presión externa o de la necesidad de adaptarse a una crítica pública, el resultado puede percibirse como poco auténtico. Y en el terreno de la identidad de marca, la autenticidad es uno de los elementos más difíciles de construir y, al mismo tiempo, uno de los más fáciles de perder.
Desde esta perspectiva, la reacción de parte del público no necesariamente implica un rechazo a la diversidad o a la evolución de los valores culturales. Más bien parece reflejar la capacidad de los consumidores para percibir cuándo una transformación responde a una convicción real y cuándo se presenta como un ajuste estratégico para mejorar la imagen de la marca.
En el fondo, el caso de Victoria’s Secret ilustra un dilema bastante habitual en el sector, el de cómo evolucionar una identidad de marca construida durante décadas sin que ese cambio resulte contradictorio con la propia historia de la empresa.
En un contexto donde el público observa cada vez con más atención las decisiones de las marcas, la coherencia, aunque sea debatible, suele resultar más convincente que un discurso que se percibe como impostado.